Alarifes: Constructores de una identidad mestiza en Arequipa
Por: Ronal Henry Huanca Chacon-FPPHP. La arquitectura colonial de Arequipa representa una de las expresiones más valiosas del arte peruano y posiblemente, del arte americano. Su singular belleza se debe a una combinación

Por: Ronal Henry Huanca Chacon-FPPHP.
La arquitectura colonial de Arequipa representa una de las expresiones más valiosas del arte peruano y posiblemente, del arte americano. Su singular belleza se debe a una combinación de factores históricos, culturales, humanos y naturales que hicieron de esta ciudad un ejemplo notable de identidad mestiza.
Desde la llegada de los españoles, el trabajo constructivo fue compartido con los indígenas, quienes, gracias a su gran inteligencia, sensibilidad artística y habilidad manual, aprendieron las técnicas europeas y las transformaron. El resultado fue un arte nuevo, mestizo, que no es simplemente una copia de lo hispano ni una continuación de lo indígena, sino una fusión con sello propio; a este esfuerzo también se sumaron los negros y mulatos, que aportaron su creatividad y fuerza laboral, consolidando un trabajo colectivo de gran valor.
Un elemento clave en el desarrollo arquitectónico de Arequipa fue el uso del sillar, piedra volcánica blanca, abundante en la región. Esta piedra, fácil de tallar y resistente, permitió construir edificios duraderos y hermosos, sin embargo, la ciudad enfrentó constantemente terremotos que destruían sus edificaciones. Pese a ello, Arequipa fue reconstruida una y otra vez y en cada ocasión los alarifes respondieron con nuevas obras, más sólidas y artísticas que las anteriores.
Los alarifes fueron personajes fundamentales en la vida urbana, no solo eran constructores, también eran arquitectos, diseñadores y supervisores de obras. Participaban en la planificación de las ciudades, el trazado de calles, la medición de terrenos y la construcción de iglesias, conventos, puentes y viviendas, algunos de ellos trabajaban para el Cabildo y recibían un salario por sus servicios.
Entre los primeros alarifes figuran nombres como Pedro Godínez, Gaspar Báez, Bernardino de Ávila y Toribio de Alcaraz. Báez fue uno de los más prestigiosos, experimentó con bóvedas y cúpulas y dejó su huella en iglesias como la de la Compañía (1573). Bernardino de Ávila dirigió la construcción de la iglesia de La Merced en 1551 y participó en obras de la Catedral, otros maestros, como Simón Barrientos, Juan Blanco o Andrés de Espinoza, también trabajaron en templos y conventos. Hubo además canteros indígenas y mulatos, como Juan, mulato libre o Marcos Huanca, activos desde mediados del siglo XVI hasta el XVII.
Algunos constructores no se dedicaban únicamente a la edificación, sino que también realizaban actividades como la arriería, el comercio o la producción de tejas; Bernardino de Ávila, por ejemplo, en 1562 adquirió mulas y arrieros para el transporte de mercancías, y fabricaba tejas cocidas para su venta. Estas ocupaciones reflejan su capacidad de adaptación a las necesidades sociales y económicas de la época.
Gracias a documentos coloniales, hoy es posible identificar a muchos de estos artífices por sus nombres y obras, aunque otros permanecen anónimos. Aun así, su legado vive en cada templo, claustro y calle de la ciudad blanca y conforma una parte esencial de la memoria histórica de Arequipa.
En suma, los alarifes de Arequipa fueron mucho más que simples constructores, fueron artistas, innovadores y transmisores de una herencia cultural que aún hoy se admira en cada muro, arco y cúpula de la ciudad. Su legado es un testimonio del encuentro de culturas y de la capacidad del ser humano para crear belleza, incluso en medio de las adversidades.

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